El arte surge de la tensión y se construye a partir de un conflicto que exige forma. La pintura se convierte en el espacio en el que la intención encuentra una fuerza que se afirma por sí misma, y el gesto continúa hasta que la imagen adquiere dirección y respiración propia. En ese punto, el artista permanece presente y acepta el desarrollo, dejando que la obra afirme su voluntad y se establezca como un resultado de una lucha asumida. Lo que queda en el lienzo lleva la huella de este enfrentamiento y se convierte en realidad, densa y viva, dentro de su propia verdad.