Existen amores que preceden la palabra y continúan más allá del tiempo. En la presencia de la madre, el alma reconoce la primera luz, el primer refugio y la primera forma de oración vivida a través del toque, del sacrificio y del silencio que sana sin explicaciones.
Las caras a veces se desvanecen bajo el peso del mundo, sin embargo, el vínculo entre madre e hijo sigue siendo una de las pocas energías que atraviesan el sufrimiento sin perder su pureza. De este amor nacen la fuerza, la memoria del corazón y la capacidad del espíritu de seguir creyendo en la luz.
Cada madre lleva en sí una parte del orden sagrado de la creación. Y cada alma que recuerda esta verdad vuelve a encontrar el camino hacia sí misma.
Para Ti, Mamá